Jus Primae Noctis

Castelo feudal
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El señor feudal era un hombre alto, delgado y anguloso, de modales refinados. Los recién casados lo miraron azorados, con un pavor no exento de respeto.

“Vengo a reclamar mis derechos – dijo el señor suavemente -. La primera noche me pertenece”. Los aldeanos no se atrevieron a replicar. El blanco caballo sin jinetes que se encontraba junto al barón piafó. El soldado que lo sujetaba de las riendas le acarició el percuezo para calmarlo.

El señor feudal sonrió. “Vas a venir conmigo al castillo, pichoncito – dijo -: verás que te va a gustar”. Acto seguido obligó a su corcel a dar la media vuelta y se alejó en dirección al fuerte señorial, no sin antes haber hecho una seña a sus guadias.

Los soldados sujetaron al novio y lo montaron en el caballo blanco. La novia se quedó llorando en la aldea.

Manuel R. Campos Castro

Personalidad Dividida

Tengo razones fundadas, doctor – dijo el hombre de impoluto traje blanco, pacientemte recostado en el diván del psiquiatra -, para suponer que padezco de una personalidad dividida.
El psiquiatra anotó en su libretita que, tentativamente, desechaba la presencia de una esquizofrenia: en general, una persona afectada de tal dolencia evita la consulta con el médico.
La consulta duró casi dos horas. Hubo preguntas cortas y respuestas largas. Aparentemente más tranquilo, el hombre se despidió del psiquiatra, pagó a una secretaria el valor de la consulta, y ganó la puerta.
En la calle, vestido de negro riguroso, le esperaba otro hombre.
-¿Lo confirmaste? – preguntó el hombre de negro.
– No sé – fue la repuesta del hombre de blanco.
Luego se fundieron en un solo individuo, enfundado en un traje gris.

Álvaro Menén Desleal